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enero 17, 2007

Carlota

Llego a la oficina y pienso: ¿y hoy qué voy a hacer para paliar el desencanto?
Hay días en que ya ni los pequeños placeres (el tazón de café de la mañana-boludear en internet-las charlas de pasillo-salir a pasear en el almuerzo-los ojitos del chico de las computadoras) lo sostienen a uno. Llego a mi cubículo. 9 y 20. Tarde. La manga de contadores opacos que trabaja conmigo ya está firmemente aferrada a sus mouses, clickeando en silencio.

El día transcurre sin más. Tengo todo el tiempo la desesperante sensación de ser el hamster dentro de la rueda. ¿Cómo es que los demás no lo ven? Encima no hay nadie en Bs As, trato de sostener alguna que otra charla por e-mail, pero están todos en otra.

Tic-tac-tic-tac, las 5 y media. De repente tengo una suerte de anagnórisis, un momento de hiperconciencia, veo pasado, presente y futuro en un instante, y en todo eso siempre hay una oficina. Miro a Carlota que está al pie de mi lámpara, miro su ovejuna paz, sus patitas plásticas, sus rulos sintéticos, y le pregunto: ¿Qué hago yo acá Carlota?

Y Carlota me contesta: Whatever. Take the money and run.